En el nido de los Strigoi.

Strigoi

Durante gran parte del día la nieve cayó de manera ligera, como si no tuviera prisa, pero cuando el sol se acercó al ocaso, el viento intensificó su fuerza y la tenue nevada poco a poco se transformó en una recia tormenta. El cochero trató de animar a los caballos con un golpe de riendas pero los animales estaban agotados, las escarpadas colinas de pronunciadas pendientes habían consumido todas sus fuerzas y lo único que conseguía era que el vahó saliera de sus fosas nasales con desesperación.

La gente del pueblo nos advirtió sobre los peligros en caso de quedar sin resguardo durante la noche, si no moríamos congelados seguramente sería devorados por las bestias del bosque. Envuelto en el delirio, observé como lentamente el astro rey había ya cruzado el horizonte y había comenzado su descenso a los dominios de Hades. En pocos minutos la oscuridad nos cubriría con su negro manto. La angustia comenzaba a carcomer mi voluntad y a tomar el control de mis actos cuando encajado entre las filosas piedras de la cumbre, apareció la torre más alta del Castillo Poenari.

Hacía años que me encontraba investigando los misterios de la vida y la muerte con el único motivo de develar el extraño vínculo que las mantiene unidas. Había viajado por toda la Tierra conocida tratando de encontrar los secretos prohibidos, aprendiendo las artes ocultas de todas las religiones más antiguas del mundo, indagando en la alquimia de nuestro ancestros y sin embargo, continuaba sin acercarme en los más mínimo a la esencia de la verdad absoluta.

Cuando lo conocí me encontraba en Egipto preparando mi regreso a Londres. Yo bebía una taza de café en el Jan el-Jalili cuando su extraña y oscura figura se sentó a mi mesa justo enfrente de mi persona. Ha de ser una equivocación, fue lo primero que pensé, pero de inmediato sus ojos vacíos se clavaron en los míos y me dijo: sé lo que estás buscando y yo te lo puedo mostrar. Una ráfaga de heladas emociones corrió por mi espina dorsal en ese instante y no supe que decir, él se puso de pie, pagó la cuenta con una moneda de oro y me indicó que lo siguiera.

Después de ese primer encuentro olvidé por completo mi regreso a Inglaterra. Al caer la tarde de ese mismo día sarpamos juntos con destino a Costantinopla, él mismo me solicitó que lo acompañara de regreso para que pudiera mostrarme sus secretos. Nos embarcamos en un pequeño bote de su propiedad y navegamos las aguas del Mediterráneo durante toda la noche. La tripulación de la pequeña embarcación consistía de un viejo y tuerto capitán chipriota, cinco marineros angoleños esclavizados, y el mayordomo, un elegante y bello joven serbio.

Pasado el primer amanecer atracamos en la isla de Rodas. Los días los pasábamos en tierra y al ocultarse el sol navegábamos para poder aprovechar el viento a nuestro favor. El navío surcó entre los archipiélagos griegos durante cuatro noches más, y todas las madrugadas hicimos tierra en diferentes puertos. Kefalos, Kirykos, Cesme y Mitiline nos resguardaron durante nuestra travesía por el Egeo. Durante la sexta noche cruzamos los Dardanelos y nos adentramos en el mar de Mármara. Justo al séptimo amanecer arribamos a nuestro destino.

La antigua Bizancio, la gran Constantinopla, el centro de comercio más importante del Imperio Romano de Occidente, nos recibió como siempre con su agitado tránsito. Por ser un punto clave para la reconquista de las tierras santas, seguía siendo estratégico para los intereses cruzados de la Santa Sede. Esa era la única razón del porqué, a pesar de la caída de Jerusalén, todavía se podía ver a algunos Templarios caminar por las calles aledañas al Gran Bazar. Hacía poco más de nueve años que Miguel VIII había arrebatado el control del puerto al Imperio Latino y al emperador Juan IV le arrancó los ojos y lo desterró. Dicen los rumores que todavía se puede encontrar con el ciego deambulando por las tierras aledañas.

Cuando hicimos tierra bajé del navío de un brinco y mi anfitrión me indicó que saldríamos en un par de horas, tenía el tiempo justo para beber una taza de café. Caminé hasta el bazar y después de mi amarga infusión me dirigí a la gran catedral de la Santa Sofía, por un momento me perdí entra las miles de personas que se arremolinaban en el atrio para escuchar las últimas noticias provenientes desde África: el rey de Francia, Luis IX, había fallecido en su intento por convertir al Emir Moamé al cristianismo. En ese momento, yo no lo sabía, pero la novena cruzada estaba por comenzar. Cuando me percaté de la hora volví corriendo a los muelles y me enteré que mi más reciente amigo había decidido, por circunstancias desconocidas, adelantar su regreso al principado de Valaquia.

CONTINUARÁ…

 

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