El día que conocí a David Bowie o cómo sucedió mi primer encuentro con Ziggy Stardust

Corría el año de 1961, era el medio día y todo indicaba que sería otra calurosa tarde de verano. Yo me disponía a refrescarme bebiendo un vaso de limonada mientras disfrutaba mis últimas horas de soledad leyendo las primeras páginas de La Agonía y el Éxtasis. Me senté en mi viejo sillón, herencia de mi padre, ubicado a un lado de la ventana, lo que me permitía echar un ojo de vez en cuando a la clásica vista de los suburbios londinenses que tanto me gusta.

La novela comenzaba así: estaba sentado ante un espejo dibujando su propio rostro: las enjutas mejillas, los altos pómulos, la amplia y achatada frente, y las orejas, colocadas demasiado atrás en la cabeza, mientras los oscuros cabellos caían hacia adelante, sobre los ojos color ámbar de pesados párpados.

Mencioné que en ese momento me disponía a disfrutar de mis últimas horas de soledad debido a que mi adorable esposa, Magy, regresaría a casa a las cinco en punto. Ella era maestra de secundaria en una pequeña escuela ubicada a unas cuantas cuadras de nuestro nuevo hogar, yo estaba medio desempleado. Hace un año nos habíamos mudado desde Birmingham, precisamente porque ella había conseguido aquel trabajo tan soñado, y lo único que yo había conseguido hasta ese momento era hacerme cargo de un curso sabatino de música en el Community Centre de Bromley. Recuerdo muy bien que en ese entonces mi sueño era ser uno de los primeros violines de la orquesta sinfónica de Londres.

En ese momento no imaginé la sorpresa que me llevaría un año después, cuando sonó el teléfono y me informaron que mi audición había sido un éxito y que el director Monteux quería verme de inmediato. Esa noche Magy y yo celebramos con unos deliciosos riñones de cordero al jerez y bebiendo champagne de la buena. En fin, regresando a aquel verano del 61, mi atención había sido completamente absorbida por los escritos de Irving Stone y las peripecias de Michelangelo, por lo que no me percaté de la presencia de mi esposa hasta que tocó por detrás mi hombro izquierdo.

El sobre salto aceleró mi corazón, Magy se disculpó por el susto que me había hecho pasar y después de servirse un vaso de limonada me dio la terrible noticia, recuerdo sus palabras como si hubieran salido de su boca ayer: uno de mis alumnos está interesado en adquirir los conocimientos musicales básicos y vendrá más tarde para unas clases particulares, dijo. Yo palidecí al instante, uno de los muchos adolescentes de su colegio, ¿entraría a mi casa para aprender música?… de inmediato exigí una explicación, ella sabía lo mucho que detestaba la idea de dar clases particulares. Lo único que dijo fue: romper la rutina nos hará bien a los dos.

Como es costumbre en mi país, a las cinco de la tarde es la hora del té, así, que mientras Magy dejaba sus cosas en el estudio, me resigné a tener un intruso en mi hogar y serví los bocadillos de salmón y pepino. Mi esposa y yo salimos al jardín a beber nuestra infusión de té negro, a mi me gustaba intenso y con una nube de leche, a ella solo. Divagamos por unos momentos en como sería nuestra vida si siguiéramos en Birmingham, o como sería si yo hubiera aceptado el trabajo de concertista de cámara en Liverpool, en las dos ocasiones vivir en Londres resultó mucho mejor. Entonces el timbre de la puerta nos regresó al momento presente, Magy miró su reloj y dijo: son las seis, ya llegó.

La hora marcada había llegado y no podía hacer nada para evitarlo. Atravesé la cocina y caminé por el pasillo hasta la puerta aguantando las náuseas que me provocaba la simple idea de tratar de enseñar música a un adolescente. En el centro comunitario indiqué claramente que sólo trabajaría con personas mayores y ellos accedieron, ¿por qué no hizo lo mismo Magy? ¿por qué tenía que abrir esa puerta en lugar de salir corriendo por la salida trasera? ¿porque no había aceptado ese estúpido trabajo en Liverpool y así haber evitado ese encuentro tan indeseado? ¿por qué no puedo irme a marte y olvidarme de este adolescente desconocido?

David Bowie

Tomé aire profundamente y después de soltarlo abrí la puerta de golpe. Ahí estaban, su madre y él, un rubio y delgado imbécil vestido con su ridículo uniforme del colegio Ravens Wood, con un absurdo saxofón alto de plástico en la mano y un par de discos de Charles Mingus y John Coltrane bajo el brazo. Vuelvo a las ocho, dijo su madre, ok, le contesté. La mujer se dio media vuelta y se alejó dejando a su vástago bajo mi tutela, yo la vi partir con sobrado dolor y un temor aferrado. Él me miró fijamente y me preguntó que en qué estaba pensando, lo miré de igual manera y le contesté que me causaba mucha curiosidad saber si había vida en Marte, solo se encogió de hombros y entró sin pedir permiso.

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Confesiones de un sicario

Nos tienen rodeados, eso fue lo primero que dijo el Chapo con la tranquilidad que lo caracterizaba siempre. Teníamos casi dos horas en completo silencio, encerrados en la diminuta y cutre habitación de aquella pocilga que habíamos ocupado como casa de seguridad. Ahí habíamos acordado  reunirnos con el Cholo, lugarteniente encargado de la seguridad del jefe y de retomar el control de Los Mochis. Entonces el patrón volvió a mirar sigiloso por el resquicio que había entre la cortina y la ventana de la habitación. Ahí están, dijo, aunque no los veo, los siento a los hijos de la chingada.

EL CHAPO

Hace casi seis meses que el patrón se había fugado del penal del Altiplano, al menos eso dicen, la verdad yo no sé que fue lo que sucedió, solo sé que un día estaba en la cárcel y al otro en su rancho Los Pollos. Ese día me llamaron muy tarde por la noche para reunirme con él, a primera hora del día siguiente llegué y presenté mis respetos, de inmediato me asignaron mis nuevas tareas (yo siempre me había hecho cargo de administrar las 500 hectáreas de amapola), ahora me tocaba cuidar las espaldas del patrón y mantenerlo en constante movimiento. La reunión duró dos minutos y medio, después de eso subimos a una camioneta Hummer negra blindada y salimos chillando llanta.

Yo confiaba en el sexto sentido del patrón, un cabrón que se fuga dos veces de penales de alta seguridad debe de saber algo que el resto de nosotros no, si él decía que ahí estaban, ahí estaban. A las cuatro de la madrugada se escuchó el primer tiro, él continuaba asomado por la ventana, me volteó a ver y sus ojos tranquilos se clavaron en los míos, te lo dije, murmuró mientras se ponía de pie. Una marejada de detonaciones le siguieron al eco de la primera, el escuadrón de sicarios repartidos alrededor de la zona defenderían el bastión, pero no por mucho tiempo y el Chapo lo sabía.

Los días siguientes de haberme presentado en el rancho no paramos de rodar de pueblo en pueblo, yo que comencé mi carrera como sicario de poca monta nunca imaginé compartir coche con el jefe, mucho menos estar a cargo de su seguridad personal, pero ahí andaba, de arriba a abajo por la sierra de Sinaloa escoltando al Chapo Guzmán. No paramos hasta el vigésimo día, lo hicimos en Mazatlán, en la torre Miramar, guardamos la troca en el estacionamiento subterráneo y subimos al departamento 401, ahí ya nos esperaba el Cholo y unos pinches gringos que según le habían conseguido al patrón unos misiles antiaéreos y antitanques.

EL CHAPO 4

Cogí mi fusil AR-15 y salí detrás del Chapo, la balacera había subido de intensidad y se escuchaba recio, caminamos por los pasillos estrechos de la pequeña construcción. La cosa se estaba poniendo color de hormiga allá afuera y mis nervios comenzaban a traicionarme, las rodillas me temblaban un poco y eso dificultaba mi andar, pero al jefe no se le movía ni un pelo. Este cabrón tiene huevos, pensé mientras seguí sus pasos hasta el callejón de servicio, ahí encontramos al Cholo, venía corriendo, ahí vienen, dijo agitado, ahí vienen los pinches marinos.

Después de ver a los gringos aquellos y cerrar el trato, nos quedamos un par de días más en el departamento del Miramar. En una ocasión los hijos del patrón fueron a visitarlo, hablaron sobre el reforzamiento de las rutas comerciales de Los Remedios a Nogales, porque los chamacos, Joaquin y el Quiqe, habían flaqueado últimamente, eso es lo que pasa cuando uno es junior hijo de papi, después pedimos unos callos de hacha y unas cheves. Al día siguiente nos encontramos con El Bravo en la pista y volamos a Los Cabos.

Cuando el jefe escuchó de la voz del Cholo que los marinos ya estaban ahí apuró el paso, ya teníamos la ruta bien definida, corrimos al fondo del callejón y por una coladera que ya teníamos abierta nos metimos al drenaje. El patrón y el Cholo iban por delante, yo cuidando la retaguardia, y aunque el ambiente olía de manera penetrante a mierda seguimos adelante hasta la intersección marcada, caminamos un par de kilómetros más por aquel laberinto oscuro, el Chapo conocía esos túneles como la palma de su mano.

En Los Cabos nos quedamos un mes, después manejamos a La Paz y de ahí volamos a San Diego, el patrón vio a sus gemelitas y a su vieja la Emma Coronel, después de unos días anduvimos seis horas y media por carretera hasta Tucson, Arizona, ahí dormimos un par de noches mientras el patrón arreglaba unos asuntos. Regresamos a México por Nogales, esa es la parte menos vigilada de toda la frontera, pasamos la ciudad como si nada, anduvimos una cuatro horas más por terrasería hasta La Compañía, ahí nos esperaba el licenciado Dámaso López y una Cessna café con líneas verdes, entonces volamos de vuelta a Sinaloa.

EL CHAPO 2

Cuando salimos del otro lado de la coladera los tres apestábamos a aguas negras y ya era pasado el medio día, estábamos cerca del hospital Fátima, los agentes federales nos pisaban los talones. Un pendejo esperaba el siga en el semáforo más cercano, me le paré enfrente apuntando con mi fusil mientras el patrón se subió por lado del copiloto y el Cholo lo bajó, yo me trepé por atrás. Agarra hacia Navojoa, dijo el patrón, y arrancamos durísimo por la López Mateos. En el cruce con la autopista los ojetes marinos nos cerraron el paso, la reacción inmediata fue el volantazo y no nos quedó de otra que entrar directo al motel de quinta para enamorados que se encuentra a la salida de la ciudad.

Aquella vez el Cessna aterrizó muy cerca de Culiacán, al parecer las cosas se habían relajado bastante porque el patrón decidió quedarse en su casa por un buen rato, estuvimos ahí algunos meses, todo el mundo lo sabía. Un día por la noche llegaron unos productores de cine y se sentaron a hablar con el jefe durante horas, hasta se tomaron la foto. Al día siguiente el patrón comió con el Gobernador y después recibió una llamada de Caro Quintero, acordaron una cita en Los Mochis, según que los Beltrán querían ceder la plaza, el Chapo dudó por un momento, pero salimos al día siguiente y nos encerramos durante días en la pocilga donde todo esto comenzó.

Entramos derrapando, el jefe y El Cholo se bajaron y corrieron al interior del maldito motel, yo descendí del vehículo y lo primero que hice fue abrir fuego en contra de los Federales que venían detrás de nosotros, todos ellos retrocedieron y entonces me sentí poderoso, yo solo contra la Armada de México, detone una tras otra mis municiones, por cada casquillo percutido mi ego crecía y crecía hasta que se terminó el parque. Entonces un hijo de puta uniformado salió por detrás de los arbustos y detonó dos proyectiles, el primero impactó mi rodilla derecha, cuando caí de cuclillas todo terminó con el segundo impacto directo a mi maldita frente. Todo lo que sigue es historia.

EL CHAPO 3

Este fue un ejercicio de narrativa emergente.